martes, 4 de enero de 2011

amamos a los árboles



fotografía: Cecilia
El roble en Villa Hortensia


Barrio Alberdi

Este barrio era un pueblo, separado de Rosario. Fue anexado posteriormente a la ciudad en 1918.

Fue fundado el 6 de julio de 1876 por José Nicolás Puccio, casado con Tomasa Alvarado en el borde de la lonja que los Alvarado recibieron de la corona española. Alberdi, númen de la institucionalización de la Argentina fue homenajeado con algunos lotes que Puccio supo regalarle y que Alberdi destinó a sus sobrinas.

En 1916, las autoridades del pueblo deciden homenajear a Alberdi con un monumento, proyecto que construye el escultor rosarino Erminio Blotta. Lo inauguran en 1917.

Tal vez la idea de Puccio haya sido originalmente establecer un puerto para la salida de la producción de sus tierras que continuaban la lonja urbanizada frente al río. El límite Sur era el arroyito Ludueña sobre el que se desarrollaba un puente ferroviario del Céntral Argentino hasta donde llegaban los tranvías originales.

El trazado moderno es en damero, con lotes espaciosos y jardines que le dan a Alberdi una atmósfera singular. Muchos clubes en la costa del Paraná son frecuentados por yachtmen y otros deportistas.

Cuenta con bellísimos palacios construidos a principios del siglo XX. Uno de sus emblemas es la denominada Villa Hortensia, originalmente residencia de la familia Puccio Alvarado, luego de los Echesortu y finalmente de los Rouillón. En 1989, se la declara Monumento Histórico Nacional (Decreto Nº 325/1989), desapareciendo así la posibilidad cierta de su demolición-derrumbe, y desde 1996, sede del Distrito Norte de la Municipalidad de Rosario.

Fue también asiento de las primeras grandes residencias como las de Pedro Goyenechea en Rondeau al 1200 (desaparecida), la de Escauriza en Rondeau al 1300 (Sanatorio Norte) ambas en la margen oeste, y en el este la de los Monserrat en Rondeau 1400 (colegio privado) que fuera conocida como "casa de las cadenas".


http://www.visitarosario.com/


Texto:
El Roble es un retoño de "Guernica Bola" traído en el año 1886 por la Srta. Flora Echesortu, quien lo obsequió al fundador de Pueblo Alberdi, Jorge Nicolás Puccio, para embellecer los jardines de su mansión.
El árbol de Guernica tiene un valor simbólico para la colectividad vasca, ya que, se lo asocia con la lucha por la libertad e independencia de su tierra.










Arbol de Diana recibe este precioso regalo de manos de Begoña Rotaetxe, desde Bilbao.
Desde mi pueblo (casi lo sigue siendo el querido barrio Alberdi donde vivo) le dedico a Begoña este post ..
hay acá un árbol llegado de Euskadi, vivo ..
es exótico si, pero allí está para recordarnos que la Tierra es un solo país y la humanidad sus ciudadanos.



Begoña Rotaetxe
http://mibauldecuentosabedul-abedul.blogspot.com/2011/01/para-cecilia-felices-reyes-amiga.html



Gracias Begoña !

Felices Reyes !

lunes, 3 de enero de 2011

Enlace con: Abriles de Acuarelas, el blog de Beatriz


Abriles de Acuarelas: EL LAPACHO


A la gran sombra
la casa hace siesta
Es el lapacho

La casa de mi abuela en Sauce..
Beatriz Else
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Es un lapacho inmenso, majestuoso.
Sauce, provincia de Corrientes, la tierra madre del lapacho.

El idioma Guaraní correntino o Guaraní argentino, perteneciente a la familia tupí-guaraní es hablado (junto al castellano) por parte de la población de la Provincia de Corrientes. El gobierno correntino decretó en 2004 la cooficialidad de la lengua guaraní y su uso obligatorio en la enseñanza y gobierno, aunque aún no ha sido reglamentado.

lapacho es " Tajý "

Gracias Beatriz !


y, como ésto no termina acá ..
agrego la fotografía que al comenzar la primavera de 2008 Maby publicó en un espacio de Arte y Fotos, con la que iniciamos un Grupo en el que compartimos imágenes, y mucho más.



Es un lapacho mucho más joven, producto de la reciente forestación en Rosario.

Gracias Maby !

sábado, 1 de enero de 2011

lapachos

Fotografía:
Cecilia
Lapachos rosados, Rosario (Argentina)


Los que saben de estas cosas cuentan que, hace más de mil años, los guaraníes iniciaron una larga migración hacia el sur desde el corazón de las selvas sudamericanas, quizás desde la meseta del Mato Grosso, donde se separan las aguas que se encauzan hacia el norte, hacia las selvas amazónicas, y las que descienden hacia el sur, a la cuenca del Plata; o quizás desde más al Norte todavía. Pero dejemos hablar a los guaraníes ...



Para el que no conoce el lapacho más que en su misión, su principal cualidad es la resistencia y la dureza de su madera que no se pudre.
Y sin embargo no hay cosa más tierna que el lapacho, cuando se lo va a encontrar entre los montes misioneros. Es un árbol esbelto, femenino en su talle. De hojas suaves y luminosas, que el viento mueve casi sacándoles un gesto humano. Su copa se abre allá arriba como un rostro sobre un tronco sin desperdicio y sin espinas.
Y en septiembre, el lapacho es una niña quinceañera. Antes de recuperar sus hojas, se viste todo de rosado en un reventón de flores que regala en abundancia, embelleciendo la geografía que lo acoge. Es el centinela de los montes, que descubre antes que los demás la llegada de la primavera. Lo que el Jacarandá es en azul, el lapacho lo es en sonrojo. El invierno lo despoja de sus hojas pero antes de volver a vestirlo, la primavera le regala toda su ternura que sólo la selva virginal puede entregar a sus criaturas.
Es un árbol que crece lento. No tiene apuros. Sabe esperar en la fidelidad de sus ciclos, viviéndolos uno a uno con intensidad, tanto en sus desnudeces invernales como en sus derroches de vida. Su madera se va haciendo lentamente por eso logra ser tan resistente. No necesita ser descortezado como el quebracho su resistencia le llega hasta la piel. Cuando se entrega, se entrega entero.

Cuando los antiguos misioneros jesuitas construían sus iglesias monumentales, iban a los montes y arrancaban los lapachos con sus raíces enteras, transportándolos con su terrón de tierra colorada adherida a ellas. Y así los volvían a plantar en el suelo, constituyéndolos en columnas que sostendrán toda la estructura del edificio. Las paredes eran de esa misma tierra colorada apisonada en un encofrado de madera que luego se retiraba. Toda la resistencia del edificio, que aguantó siglos, se fiaba a las columnas. Por supuesto para esta misión había que despojarlo de sus ramas. Pero eso le sucede a todo árbol que tiene que cumplir una misión distinta a la de ser simplemente planta. En San Ignacio Guazú y en muchos otros lugares de tierra guaraní, donde estuvieran antiguas y hermosas iglesias, hoy solo quedan en pie parte de esos troncos de “taye”, trozos de columna aún clavadas junto a su montículo de tierra colorada que constituían las paredes. Su madera no se pudre. Poco a poco va saltando en astillas que regresan a la tierra madre, uniéndosela humus fértil que alimenta la vida nueva que nace a sus pies.

Alerta vigía de septiembre,
Ternura de fiesta quinceañera,
Se estrella el invierno entre sus flores
Cubriendo de rosa las veredas.


fuente:
http://rescatando-mi-cultura-guaran.blogspot.com/















fotografía tomada de la web
ruinas de San Ignacio, Misiones, Argentina
Patrimonio de la Humanidad, declarado por la Unesco en 1984
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